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Frío. Eso es lo que siento. Un frío intenso, para después convertirse en algo que no llega a ser ni calor, ni vértigo. También siento euforia. Una euforia, y un estado de ánimo que me hace olvidar cualquier sensación que pueda perturbar ese entusiasmo para convertirlo en todo lo contrario. Y junto a todo ese cúmulo de estados, un estremecimiento que envuelve a todos ellos. Después, tristeza. Una tristeza que me hace sentirme vivo, una tristeza intensa, quizá tiende a la melancolía, o quizá a un pesimismo moderado, depende del momento. Un nudo en el estómago, pinchazos en la piel, alguna que otra lágrima. Y, acechando a esa lágrima, se acerca una agresividad extrema que no puedo reprimir. Pego golpes sin poder evitarlo, no puedo parar de pegar zapatazos y golpes. No puedo contenerme, hasta que un estado de bienestar acaba con el frenesí. Una tranquilidad y una calma me convierten en la persona más feliz del mundo, hasta que llega una sensación similar a una caída libre y vuelvo a sentir frío.

Así me siento cuando, a solas, me inyecto la droga que más vivo me hace sentir. Música.

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