Skip navigation

Esto es el comienzo de lo que puede ser un relato, o quien sabe, mi primer libro, si desarrollo lo que tengo en mente. Espero que os guste.

Sentado en la mesa, aquella tarde de domingo, escuchando el repiqueteo de la cucharilla en la taza mientras, disolviendo el azúcar en el café, miraba por la ventana cómo se iba poniendo el sol… Sí, es una escena muy recurrente, eso mismo me dije yo, al enfocar la mirada al reflejo del interior del salón. Con ojeras, y el pelo revuelto, empecé a tomar mi café. Ese que tanto le gustaba a mi padre, con unas gotitas de brandy. Y, embobado, mirando a mi reflejo, me puse a pensar en lo triste y solitaria que era mi vida.

Pasear por aquel camino, sintiendo cómo mis pulmones se impregnaban del frescor de los campos de trigo y de la humedad del río al que me dirigía, era una de las sensaciones por las que mataría. Me recordaba cuando era niño e iba con mi abuelo a recoger leña. Era como si sintiera fuerza, juventud, entusiasmo… Sentía felicidad, armonía. Y cuando llegaba al río, me tumbaba en la orilla, en la hierba cubierta por miles de gotas de rocío. Miraba al cielo, me sumergía en las nubes, me sentía conectado con todo lo que me rodeaba en ese momento. Quería dejar de pertenecer a mi cuerpo, formar parte de ese todo, dejar de ser uno, y ser de ese todo. Conseguir despojarme de ese sentimiento de soledad que, ahí tumbado, era capaz de olvidar.

En la oficina, todo era monótono. Solo me limitaba a atender las llamadas de los clientes de la aseguradora donde trabajaba. Los clientes llamaban siempre para quejarse, algunos con más educación que otros… Alguno que otro consultaba alguna duda, y pocos llamaban para hacer algún trámite de cierta relevancia, ya que preferían hacerlo en persona. Pero un día me ocurrió algo insólito:

-Hola, mi nombre es Die…

-Cállate y escucha.

Mi boca se paralizó, abierta, sin articular mi nombre al completo. Esa poca educación no la había tenido que soportar antes, y por un momento, esa novedad casi convierte lo monótono en mosqueante. Aquella voz femenina tan tajante paró ahí, en su mandato. Estuve a punto de colgar, hasta que empecé a escuchar una melodía… Era un piano.

Las sensaciones que tuve escuchando esas notas tan melancólicas y tan temblorosas son indescriptibles. Ese piano, sea quien fuere la que estaba al otro lado del teléfono, consiguió arrancarme unas lágrimas. Fueron los cuatro minutos más cortos y extraños que había tenido en aquella oficina. Intenté recobrar la compostura, y quise volver a escuchar aquella voz.

-Perdone, me parece que se ha equivocado, está llamando al servicio de información al cliente de…

-¿Has observado alguna vez el cielo, tumbado en la hierba un día de tormenta, sin miedo a que las gotas te golpeen los ojos?

-Lo siento, está interrumpiendo la línea, debería colgar o tendré que finalizar yo la llamada.

-Es curioso, pero si sustituyeras el brandy de tu café por unas gotitas de leche, y un poquito de cacao, serías más feliz, Diego.

En ese momento me invadió una oleada de recuerdos, y un pánico aterrador… Esa mujer, esa voz, ese tono tan familiar y desconocido a la vez… Recordé a mi madre, cuando me preparaba un descafeinado con leche y una pizca de cacao, y después me daba un beso en la frente, aquel día en que todo cambió…

-¿Quién… quién eres? ¿Cómo sabes todo eso sobre mí? ¿Te conozco?

-Las personas sufren, Diego. Y tú has sufrido mucho. Ven.

-No entiendo… ¿Qué? ¿Que vaya dónde?

-Muere.

La llamada finalizó.

Anuncios

Cuéntame qué te parece…

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s