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Tumbado en la cama, después de ese extraño día, empecé a reflexionar sobre todo lo ocurrido. La llamada en el trabajo, el sonido de ese piano… La voz de la chica, a pesar de su decisión, era muy dulce, como si evocara una arriesgada confianza. Siempre había tratado de ser cercano a las personas, comprenderlas de verdad en la medida de lo posible, intuir cómo era alguien tan solo escuchando su tono de voz o ver cómo gesticulaba. Casi dormido, descubrí que no era su voz lo que me había resultado tan familiar. Era ella en sí, su actitud, una persona cuya voz no había oído en mi vida. Intenté dormirme del todo, pero una vez concebí esa idea, no pude pegar ojo. Me giré sobre mí mismo para quedarme mirando al techo, dejando la vista fija en ningún punto, en la penumbra de la noche iluminada por las farolas de la calle. Transcurridos así unos minutos, volvió a mi cabeza esa melodía, ese piano… «Me estoy obsesionando con chorradas… Simplemente era una loca, ya está, meras coincidencias…», pensé. Pero no era tan simple. Esa pieza de piano me conmovió. El colmo de todo esto es que esa chica me conocía demasiado, y no solo a mí sino a toda mi familia. Me sentía invadido por algo desconocido y a la vez inquieto por saber más de ella.

Miré el reloj de mi mesita. Eran las 3:13 de la madrugada. No había manera de pegar ojo. Al levantarme de la cama, me dio un escalofrío cuando pisé el suelo. Fui a la cocina, a prepararme una tila. Lo que vi al dar la luz me erizó los pelos de la nuca y retrocedí rápidamente.

—Hola, Diego.

Una joven de pelo castaño y ojos verdes estaba sentada en la encimera de mi cocina. Su mirada era penetrante, algo vacía en apariencia. No podía mover ni un músculo, estaba petrificado. Ella solo se limitaba a observarme, y a sonreírme. No dijo nada más, se quedó quieta, con un gesto otorgante.

—¿Quién… quién eres? ¿Cómo has entrado?

—Esperaba que me devolvieras el saludo, jo… —se quejó con una voz infantil, bastante fingida a mi parecer. Me miró con desdén, saltando de la encimera al suelo con agilidad. Iba descalza—. Creo que eso es lo que menos debería importarte. ¿No te interesa más saber por qué estoy aquí?

—Pues… No, de hecho me interesa más saber cómo has entrado, no quiero que se me cuele alguien más peligroso que tú.

—No creo que haya alguien más peligroso que yo en estos momentos —cuando dijo eso, fue tomando un tono de voz más grave y su gesto se tornó más duro, severo.

Yo no supe qué contestar a eso. La forma en la que empezó a mirarme daba miedo, era como si sus ojos, abiertos como platos, leyeran lo que pasaba por mi cabeza. Quería correr hacia el teléfono, llamar a la policía, e intentar reducirla en caso de que me atacara. Una loca en mi casa, diciendo que no hay… Espera, ¿una loca?

—¿No serás la que me ha llamado esta tarde?

—¿Tienes dulces? Tengo hambre, quiero comer algo dulce —e ignorándome por completo, se puso a rebuscar por las puertas del mueble, revolviéndolo todo y tirando una caja de galletas al suelo—. ¡Aaah! Aquí está… Justo lo que andaba buscando — dijo con entusiasmo mientras agitaba una tableta de chocolate negro. Cogió un trozo y se quedó mirando a sus manos sin decir nada más.

«Esto no puede estar pasando, esto es demasiado…», me dije. ¿Por qué narices irrumpía en mi vida, así de golpe, una joven que parecía haberse obsesionado conmigo? Esto no pintaba nada bien. Mientras ella seguía a lo suyo, fui a mi habitación a por el teléfono móvil lo más rápido que pude. Volví al salón, desde el cual podía ver el interior de la cocina, para tenerla vigilada, esperando a que alguien en comisaría me contestara ya. Nada. Sin respuesta. «Perfecto, lo que me faltaba. Que ahora esta panda de incompetentes me ignore», me imaginé a mí mismo dando un puñetazo a la pared, pero no. Había que mantener la compostura. Volví a la cocina, y cerré la puerta una vez dentro. La chica seguía allí, mirándose las manos.

—Perdona… ¿Te ocurre algo?

Nada. No contestaba. Seguía en una postura extraña, como encorvada. Decidí acercarme a ella, intentar ayudarla. Ahora todo el cabreo se me había pasado con la situación tan incómoda que se había creado. Yo ahí de pie en la cocina como un pasmarote mientras una desconocida se apoyaba sobre el mueble de donde sacó una tableta de chocolate que no recordaba tener. Me dio ligera lástima que estuviera ahí parada, como si estuviese sufriendo por algo. La miré más de cerca, y giró la cabeza tan rápido que tuve que reprimir un sobresalto. Me devolvió la mirada. Tenía unos ojos brillantes, verdes, los ojos verdes más claros que había visto nunca. Parecían irreales de preciosos que eran. Por fin pronunció unas palabras después de ese largo silencio:

—Es como si acabara de nacer, llevando tanto tiempo viva, y ahora tengo miedo de que me mates.

—Lo siento, chica, pero como no me hables más claro y te dejes de enigmas tétricos…

—Hmmm… ¿Qué sentiste al escuchar ese piano?

Sin duda, era ella. Lo que más me chocaba era que no me parecía la misma voz todo el rato, como si cambiara de tono todo el rato, y no la reconocía como la chica del teléfono de esa misma tarde. ¿Sería una pregunta que esperara respuesta? ¿O solo pretendía hacerme recordar? Improvisé un intento de respuesta convincente:

—No sabría decirte… No sé cómo describirlo. No recuerdo haberme sentido así nunca. Creo que tengo que darte las gracias.

—¿Gracias? ¿A mí? Oh, venga, ¿no lo dirás en serio…? —se rió con sorna, ridiculizando mi amabilidad. Encima que entraba en mi casa, me revolvía toda la cocina y se reía de mí. En el fondo la situación empezaba a resultar tan curiosa como insólita. Continuó cotilleando mi cocina, en busca de los suficientes utensilios para saciar su inquietud. Y eso que por un momento la consideré una muchacha tranquila y maltratada por la vida.

—¡Pues claro que lo digo en serio! ¿Acaso no has sido tú la que me ha permitido escuchar esa melodía? Me pareció Satie, pero no estoy tan seguro… ¿Eras tú?

Mientras yo me empeñaba en agradecerle ese detalle, ella había cogido la cafetera, había echado en una taza lo que le quedaba de café, un poco de leche, y unas virutas de chocolate que raspó con un cuchillo. Se acercó a mí, me sonrió, y me dijo:

—Toma, caliéntalo un poco en el microondas, estará más rico.

—Me pregunto quién serás y cómo me conoces tanto. Me das miedo —y cuando dije estas últimas palabras, la chica retrocedió y empezó a llorar como una fuente. Ahora sí que estaba incómodo, pero intenté mantenerme impertérrito—. ¿Qué ocurre? ¿Temes darme miedo? ¿Quieres no darme miedo? ¡Está bien! ¡No me das miedo!

La joven paró en seco sus sollozos, enjugándose los ojos empapados en lágrimas con la manga de su jersey de lana. Y se abalanzó sobre mí dándome un abrazo. Ahora sí que estaba nervioso. La efusividad de la chica no fue motivo para relajarme precisamente. Yo seguí tratándola con calma, pese a lo que me costaba.

—Al menos me dirás tu nombre, ¿no? Es injusto que tú sepas el mío de antemano, y tú no te dignes a presentarte.

—Tómate el café, se va a enfriar —me dijo, ignorando de nuevo mis palabras, mientras dejaba de abrazarme, para mirarme con un aire soñador—. Quiero que cierres los ojos, y que te bebas el café entero, ¿vale? ¿Lo harás? ¿Lo harás como te digo?

Me empezaba a hacer gracia, todo esto era tan surrealista… Me fijé más en su cara. Tenía unas pequeñas pecas en la mejilla derecha. Y su perfume olía como a limón. Me quedé mirándola unos instantes más y decidí hacerle caso. Cerré los ojos, y empecé a beber. Era el café más delicioso que había probado en hace mucho tiempo, ya no recordaba cuándo fue la última vez que mi madre… Oh, sí, mierda, sí lo recordaba… Por desgracia recordé cuándo. Se me hizo un nudo en la garganta y no llegué a terminarme la taza, cuando sentí una corriente de aire y no pude evitar abrir los ojos.

La chica ya no estaba. Se había esfumado.

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5 Comments

  1. ¡Ña! Esto está cada vez más interesante, jeje. No sabía que tuvieras blog, yo me hice uno hace tiempo (tres añitos), pero hasta ahora no había escrito nada XD supongo que por pereza.

    • Jeje, no solo se pone interesante, sino que a todo el que lo ha leído le ha evocado algún recuerdo… Creía que me iba a salir un poco cutre, pero ahora tengo ganas de seguirlo, me siento más capaz de expresar lo que me ronda por la mente.

  2. Con un léxico sencillo y certero haces que el lector quiera saber más. Un misterio.

    Ester.

    • Muchas gracias por tu comentario, Ester. De momento, quiero evitar que se convierta en algo previsible. Y me dio un corte de inspiración del que no me he recuperado del todo. Pero seguro que lo continuaré y acabaré, no lo dudo.

      Un saludo, seguiremos en contacto. 🙂

      • Eso es lo que cuesta: que la historia no sea previsible.

        Abrazos, Ester.


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