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Estando en el 3er mes del año, ayer día 14, en el año 15 de este siglo y a eso de las 9 horas, 26 minutos, 53 segundos, 589 milisegundos, 793 microsegundos, 238 nanosegundos, 462 picosegundos, 643 femtosegundos, 383 attosegundos, 279 zeptosegundos y 502,88 yoctosegundos aproximadamente, tuvo lugar el “momento π” del siglo XXI. 25 años antes de ese momento, mi madre llevaba varias horas con contracciones, esperando verme en persona por vez primera, como todos en mi familia.

Nací condicionado por varios giros: están las vueltas que dio, da y dará la vida, esas que nos condicionan un poco a todos; también están los π meses de gestación más o menos (3 meses y 4 días) en los que quería llegar ya al mundo; la vuelta de cordón umbilical alrededor del cuello con la que nací después de una larga espera, la cual me dejó la cabeza como un tomate bien redondo (sí, redondo y rojo, claro); el día en que nací, día en que nacieron otras personas y día en que nacerán otras muchas más, un día como otro cualquiera en el que exactamente dos años antes se le ocurrió al físico Larry Shaw celebrar oficialmente el Día de π, rindiendo homenaje a este número irracional, de locos, de matemáticos…

Quizá sea por todo eso por lo que me he fijado en que si sumo las cifras de mi nueva edad, obtengo el número de cifras de π que tengo que sumar para obtener de nuevo mi edad: 25; 2+5=7; 3+1+4+1+5+9+2=25; 2+5=7… Un número primo, el 7. En concreto es el 4º número primo. Justamente la 4ª parte de un siglo he cumplido, 100÷4=25 años. Hay personas que les es indiferente este día, ya sea porque no les gustan las matemáticas o porque me han conocido y han acabado detestándome (os puede pasar, yo aviso). Pero dada mi aritmomanía y mis circunstancias, me encanta este día. Y el de este año ha sido, al menos matemáticamente, de lo más redondo y cíclico.

Admiro a personas como Vilhelm Bjerknes, Albert Einstein o Wacław Sierpiński, que nacieron un 14 de marzo también. Personas que han aportado muchísimo al mundo entero. No sé si llegaré a aportar al mundo tanto como ellos, pero lo que sí tengo claro es que voy a intentarlo. Sé que soy capaz de ello. Y si aparecen cien personas intentando demostrar que me equivoco, diré igual que Einstein: “¿Por qué cien? Si estuviera equivocado, bastaría con uno solo”.

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